martes, 27 de diciembre de 2011

Conozca las intolerancias y alergias alimentarias

 

La intolerancia a la lactosa y al gluten, así como la alergia a la proteína de la leche, huevo, marisco o frutos secos son las más comunes. Ahora bien, es importante que diferenciemos entre alergia, que es una respuesta inmune exagerada del organismo cuando entra en contacto con el alergeno alimentario, e intolerancia, que afecta al metabolismo pero no al sistema inmunológico e implica la incapacidad de consumir ciertos alimentos o nutrientes sin sufrir efectos adversos sobre la salud. Aunque el porcentaje de personas que sufren intolerancias y alergias alimentarias es pequeño, no está de más conocer qué alimentos pueden provocar estas reacciones, con el fin de prevenir complicaciones futuras y poder así tomar las precauciones oportunas. En este reportaje, le ofrecemos una completa guía de consulta. 

Los síntomas de mi intolerancia a los frutos secos son: 

Sudor frío, diarrea, bajada de tensión, temblor de piernas y manos, dolor agudo abdominal, palidez (me miro al espejo y tengo la cara más blanca que la pared).

Mi remedio es evitar tomar frutos secos y si tomo comer solo 1/2 puñado. En el caso de que me pase de cantidad y me de el ataque (que suele ser al dia siguiente) al ir al baño y empezar a sentir flojedad en las piernas me preparo 1 vaso de agua con 1 cucharada grande de azúcar, me la tomo y con ello evito sentirme peor, enseguida que puedo me tumbo en el suelo o en el sofá masajeando mi barriga con masajes circulares, después de 3 o 4 minutos de dolor intenso remite el dolor, voy otra vez al baño evacuando otra vez. Parece que me han dado una paliza pero me recupero pronto.


Conozca las intolerancias y alergias alimentarias
Aunque una de cada tres personas cree que es alérgica a algún alimento, según la Guía del European Food Information Council (EUFIC), la realidad es que la alergia alimentaria afecta a tan sólo un 2 por ciento en la población adulta. A veces se confunde la alergia con reacciones que pueden deberse a una intoxicación o a una aversión psicológica a un alimento e, incluso, a la intolerancia a algún ingrediente. Por eso, es importante saber diferenciar entre una alergia y una intolerancia para actuar adecuadamente en cada caso.

La intolerancia alimentaria afecta al metabolismo, pero no al sistema inmunológico del cuerpo. Es decir, cuando el organismo no puede digerir correctamente un alimento o uno de sus componentes. La intolerancia puede deberse a un defecto de alguna enzima que está encargada de metabolizar ese alimento, a una alteración farmacológica o por causa desconocida. Los síntomas suelen ser dolor abdominal, náuseas, vómitos y diarrea. Las más comunes son la intolerancia a la lactosa y al gluten.

Generalmente, las personas que sufren una intolerancia pueden consumir pequeñas cantidades del alimento o del componente alimenticio causante de la reacción, sin que se produzcan síntomas, excepto en el caso de personas sensibles al gluten.

La alergia es una reacción mediada por un mecanismo inmunológico. Un alérgeno (proteína del alimento causante, que en la mayoría de la gente no produce reacciones adversas) provoca una serie de reacciones en cadena en el sistema inmunológico, entre ellas, la producción de anticuerpos. Estos generan la segregación de sustancias químicas, como la histamina, que produce síntomas cutáneos (inflamación de labios, boca, lengua, cara y/o garganta, urticaria, erupciones o enrojecimiento, picazón, eccema), respiratorios (moqueo, estornudos, dificultad para respirar, tos, lagrimeo, sibilancia, trastornos respiratorios), gastrointestinales (dolor abdominal, diarrea, náuseas, vómitos, cólicos, hinchazón) o sistémicos (shock anafiláctico). Los alérgenos alimenticios más comunes son la leche de vaca, huevos, soja, trigo, mariscos, fruta y frutos secos.

La mayoría de las reacciones alérgicas a los alimentos son relativamente leves, excepto en el caso de un número reducido de personas que experimentan una reacción grave con peligro de muerte, que se conoce como anafilaxis o shock anafiláctico. Se puede producir a los pocos minutos de la ingesta y consiste en una caída súbita de la presión sanguínea, que puede dar lugar a una parada cardiaca. Los cacahuetes son uno de los alimentos que pueden provocarla.

La predisposición genética es el factor más importante de la alergia que, normalmente, se identifica en los primeros años de vida. La mejor forma de predecirla es conocer los antecedentes familiares. Los niños con una madre o un padre alérgico tienen el doble de posibilidades de desarrollar una alergia alimentaria que los niños cuyos padres no padecen alergias. Si ambos progenitores son alérgicos, el riesgo es de cuatro a seis veces mayor.

Generalmente, las personas alérgicas deben dejar de consumir el alimento que causa la reacción, ya que las consecuencias pueden ser muy graves.

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Principales alergias

La alergia a la proteína de la leche de vaca es más común en bebés y niños, especialmente cuando hay antecedentes familiares. Se da en un 0,5-4 por ciento de los bebés y su prevalencia disminuye con la edad. Los síntomas más comunes son los vómitos y la diarrea, aunque pueden variar de una persona a otra. Las reacciones adversas, generalmente, remiten pronto y la incidencia en niños de más edad y en adultos es mucho menor. Cuando se confirma un diagnóstico de alergia a la proteína de la leche, es importante mantener una dieta equilibrada y saludable. Para ello, es esencial contar con el asesoramiento de un especialista para garantizar una ingesta óptima de nutrientes como calcio, magnesio y vitaminas A, D, B2 y B12. El consumo de sardinas y salmón con espinas (en lata) y de verduras verdes cocidas, como el brócoli, ayuda también a mantener las ingestas recomendadas de calcio.

La alergia a los frutos secos se considera una afección importante, ya que comienza a una edad temprana, dura toda la vida y puede tener consecuencias fatales. Los cacahuetes, almendras, castañas, avellanas y nueces pueden provocar síntomas incluso al entrar en contacto con la piel o por inhalación. El tratamiento consiste en una dieta libre de frutos secos, así que el alérgico debe leer las etiquetas de los alimentos por si llevaran trazas de frutos secos. La alergia leve se puede limitar a una erupción, náuseas, dolor de cabeza e inflamación de la lengua y los labios, mientras que la grave puede provocar un shock anafiláctico. Por ello, aquellas personas que sufren dichas reacciones deberán evitar cualquier contacto con este alimento y llevar adrenalina en todo momento para contrarrestar una posible reacción grave.

La alergia al huevo se presenta cuando el organismo produce un anticuerpo, la IgE (inmunoglobulina E), dirigida contra una sustancia que actúa como alérgeno, en este caso el huevo. Tanto las proteínas de la clara como de la yema pueden actuar como aeroalérgenos y provocar asma. En algunos pacientes, el contacto con el huevo puede provocar urticaria, a pesar de tolerar su ingestión. Así mismo, hay personas que toleran la yema cocida y, sin embargo, reaccionan ante la ingesta de la clara. El huevo es la causa más frecuente de alergia alimentaria en niños. Suele aparecer antes de los dos años de vida y desaparecer en los primeros seis. Lo más probable es que con el transcurso del tiempo la persona vaya tolerando el alimento hasta hacerlo definitivamente, aunque en casos muy particulares hay quienes quedan sensibilizados para toda la vida.

En el caso del marisco, la alergia es más frecuente en el adulto. Entre ellos, los crustáceos (langostino, gamba, camarones, cangrejo y langosta) son los que tienen más probabilidades de causarla. Los moluscos (almejas, ostras, orejas de mar, etc.) pueden ser alergénicos, pero las reacciones son menos comunes. Algunas personas lo son a ambos tipos de mariscos.

Las reacciones a la fruta se pueden presentar de dos formas. Como una alergia oral, que produce picor en la boca y garganta al comer melocotón, manzana, melón o kiwi, a causa de una sensibilización a un pan-alérgeno que, además, se suele dar en alérgicos al polen. O como una alergia a las proteínas de la fruta, generalmente LTP (proteínas transportadoras de lípidos), cuyos síntomas son más graves y pueden dar lugar a anafilaxia. Para evitarlo, debe realizar una dieta con exclusión absoluta de las frutas pomáceas (melocotón, albaricoque y derivados, manzana, pera), así como de ciruelas, higos, cerezas, fresas, melón, kiwi, papaya, aguacate, moras, etc. Tan sólo se tolerarán cítricos (naranja, mandarina, pomelo). En ocasiones, se puede dar una alergia cruzada por la presencia de pan-alérgenos en otras verduras y se suele considerar la exclusión de verduras crudas, guisantes, lechuga, escarola, lombarda, cebolla, ajo, etc.

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Sobre las intolerancias a la lactosa y al gluten
La lactosa es el azúcar que se encuentra de forma natural en la leche. Para digerirla, el organismo humano precisa de la enzima lactasa, que se produce normalmente en la mucosa intestinal y que transforma la lactosa en unidades más pequeñas (glucosa y galactosa) para que puedan ser absorbidas por la sangre. La intolerancia a la lactosa se debe a la disminución o ausencia de lactasa en el conducto digestivo. Cuando la actividad de la enzima es demasiado baja, la lactosa no se puede digerir y pasa al intestino grueso, donde es fermentada por las bacterias de la flora intestinal, provocando flatulencia, dolor y diarrea.

La cantidad de lactasa en la mucosa intestinal va disminuyendo con la edad. Por lo tanto, es relativamente frecuente que aparezca sintomatología típica en edades avanzadas hasta en un 15 o 20 por ciento de la población. Por ello, muchas personas mayores abandonan el consumo de leche, lo que resulta sumamente problemático ya que pierden una fuente esencial de calcio. Para evitarlo, es preciso incluir alimentos alternativos como yogures o quesos, que cubran las necesidades diarias de este mineral, imprescindible para el mantenimiento de la estructura ósea.

La capacidad de tolerar la lactosa varía mucho de unas personas a otras. Hay quienes tienen que eliminar por completo la leche de su dieta y otros pueden tomar pequeñas cantidades sin que se produzcan trastornos. Es conveniente también estudiar a partir de qué cantidad de leche se producen los síntomas. Incluso una cantidad de leche no tolerada, repartida en dos o más tomas al día, puede -en muchos casos- no provocar intolerancia. Otras personas pueden tomar helados y algunos tipos de yogures o quesos, pero no otra clase de derivados lácteos. Los adultos pueden tolerar de unos 100 a 200 mililitros de leche en una sola toma, lo que supone entre 5 y 10 gramos de lactosa.

Las principales recomendaciones dietéticas son:

• Asegurar la ingesta diaria de dos raciones de alimentos ricos en calcio: leche sin lactosa, leche de soja, yogur o queso (según tolerancia).

• El queso manchego curado y el roquefort tienen un mínimo contenido en lactosa.

• Otros alimentos ricos en calcio: pescados que se puedan comer con espina (sardinas en lata, anchoas...), legumbres, frutos secos, soja y derivados.

• El calcio solamente se usa y es absorbido cuando existe suficiente cantidad de vitamina D en el organismo. Ésta se encuentra en huevos y pescado.

• La exposición controlada a los rayos del sol contribuye también a la síntesis de vitamina D. La mejor forma de conseguirlo es pasear en días de sol.

• La lactosa se utiliza como base de más del 20 por ciento de los medicamentos con receta y del 6 por ciento de los medicamentos sin receta. Sin embargo, estos productos sólo afectan a personas con intolerancia severa.

Por otra parte, la intolerancia al gluten es un trastorno intestinal que se da cuando el cuerpo no puede tolerar el gluten, una proteína que se encuentra en el trigo, el centeno y la cebada. Todavía es una patología desconocida para muchas personas. La Federación de Asociaciones de Celíacos de España (FACE) estima que, actualmente, 1 de cada 100 ciudadanos españoles es celíaco, de los cuales sólo el 10 por ciento está diagnosticado.

La enfermedad celíaca es una intolerancia permanente que se puede diagnosticar a cualquier edad. Si el enfermo consume alimentos que contienen gluten, la mucosa del intestino delgado queda dañada y tiene menos capacidad para absorber nutrientes esenciales como grasas, proteínas, carbohidratos, minerales y vitaminas. Los síntomas más frecuentes son: pérdida de peso y apetito, fatiga, náuseas, vómitos, diarrea, distensión abdominal, pérdida de masa muscular, retraso del crecimiento, alteraciones del carácter (irritabilidad, apatía, introversión, tristeza), dolores abdominales, meteorismo y anemia por déficit de hierro. Sin embargo, tanto en el niño como en el adulto, los síntomas pueden ser atípicos o estar ausentes, dificultando el diagnóstico.

Cuando los síntomas son claros, es fácil establecer el diagnóstico mediante un examen clínico cuidadoso y una analítica de sangre, que incluya los marcadores serológicos de la enfermedad celíaca. A continuación, se procedería a la confirmación mediante una biopsia intestinal.

El único tratamiento es una dieta sin gluten. Normalmente, se pueden conseguir listas de alimentos sin gluten en centros dietéticos y en las asociaciones de apoyo relacionadas con la enfermedad celíaca. Cuando se elimina el gluten de la dieta, el intestino se regenera gradualmente y desaparecen los síntomas. En la actualidad, se están realizando investigaciones para identificar la naturaleza y la secuencia exacta de los aminoácidos del gluten que producen la enfermedad celíaca y es posible que, en un futuro, esta información tenga importantes aplicaciones en la biotecnología y en el desarrollo de cultivos de cereales que no causen intolerancia.

Por lo general, el celíaco basa su alimentación en alimentos como legumbres, carnes, pescados, huevos, frutas, verduras, hortalizas y cereales sin gluten (arroz y maíz). Se debe tener cuidado con los alimentos envasados, a no ser que en la etiqueta del alimento envasado aparezca el distintivo "sin gluten".

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