viernes, 16 de diciembre de 2011

Las 10 preguntas más frecuentes sobre SIDA

 

¿Que es el Sida?

El sida es una enfermedad infecciosa producida por un virus, denominado VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana) que pertenece a la familia de los retrovirus, un grupo caracterizado por su pequeño tamaño y por poseer únicamente ARN en su material genético.
El virus fue descubierto y descrito en profundidad años después de que se describiesen los primeros casos de esta enfermedad. Y es precisamente esta novedad una de las características que mejor identifican al sida. Efectivamente, los primeros casos se describieron entre la comunidad homosexual de San Francisco (Estados Unidos) a principios de los años 80 cuando se observaron varios casos de pacientes aquejados de un tipo de neumonía muy rara hasta esos momentos.
La enfermedad que desarrollaban estos sujetos era típica de pacientes inmunodeprimidos, es decir con sus defensas muy bajas, algo que hasta entonces sólo se veía en pacientes con cáncer y otras patologías muy graves. ¿Por qué entonces había una verdadera epidemia entre jóvenes homosexuales aparentemente sanos?
Comenzó en aquel momento una búsqueda desenfrenada por identificar al causante de este destrozo en los sistemas de defensa contra las infecciones de estos pacientes. Sin entrar por el momento en mucho detalle sobre esta búsqueda, acabó identificándose a un virus como el responsable del cuadro.

¿Cómo he podido contagiarme?

El virus del sida está presente en fluidos del paciente además de la sangre, tales como la saliva, el semen o las secreciones. Sólo cuando la concentración del virus es suficientemente elevada, como ocurre a veces con el semen o las secreciones vaginales, se produce la infección.
El problema del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) es que raramente avisa cuando nos infecta. Esto quiere decir, ni más ni menos, que podemos ser contagiados sin percibir ningún síntoma que nos avise o, como mucho, sufrir un cuadro gripal, a veces leve como tantos otros que padecemos a lo largo del invierno. A partir de ahí, sin saberlo, estamos infectados con el virus del sida y podemos tardar meses o años en enterarnos.
El contagio del VIH se produce cuando el virus, presente en las secreciones corporales como el semen o las secreciones vaginales y en la sangre del paciente infectado, entra en nuestro torrente sanguíneo.
Es decir, el virus tiene que llegar a ponerse en contacto con nuestra sangre y circular por ella para poder infectarnos. En su forma de transmisión, el VIH es idéntico al virus de la hepatitis B y se comporta en la mayoría de los casos como una enfermedad de transmisión fundamentalmente sexual.
Las formas de contagio pueden resumirse en las siguientes:

Contacto directo: sangre-sangre
Es el caso de las transfusiones sanguíneas de pacientes infectados a sujetos sanos. Este tipo de contagio se produjo en la década de los 80 cuando todavía no se conocía bien la enfermedad y menos aún éramos capaces de detectar el virus en la sangre de los donantes. En la actualidad, toda la sangre que se usa en transfusiones y otros productos derivados como plaquetas, plasma o leucocitos, son analizados sistemáticamente y es imposible que transmitan la infección por VIH.
Esta vía sanguínea es la que también contagia el virus en el caso de los sujetos adictos a drogas por vía intravenosa. Es decir, aquellos que comparten jeringuillas para administrarse las drogas (fundamentalmente heroína y derivados). En la actualidad, este modo de contagio ha disminuido mucho gracias a las campañas de administración gratuita de jeringuillas y a las modas, que también influyen sobre los hábitos de consumo de estupefacientes. En la actualidad, la cocaína (inhalada o fumada), las drogas de diseño e incluso los derivados de la heroína (fumados en forma de 'chinos'), han dejado obsoleta la imagen del heroinómano enganchado a una jeringuilla.

Contacto de líquidos corporales con la sangre
Como dijimos, el virus del sida está presente en fluidos del paciente además de la sangre, tales como la saliva, el semen o las secreciones. Sólo cuando la concentración del virus es suficientemente elevada, como ocurre a veces con el semen o las secreciones vaginales, se produce la infección.
Este contacto se produce fundamentalmente durante las relaciones sexuales en las que tanto el semen como las secreciones vaginales o la saliva pueden acceder a nuestra circulación sanguínea. Este contacto tiene lugar a través de pequeñas erosiones o heridas, incluso las que son diminutas y no apreciables a simple vista, que podamos tener en nuestros órganos sexuales -pene, vagina, región anal y rectal o bien en la boca-.
Por lo tanto, durante las relaciones sexuales con un sujeto infectado por el VIH, la existencia de heridas en la boca, la vagina, el pene o la zona anal y el recto pueden ser la puerta de entrada del virus. El preservativo o condón se ha convertido por el momento en la mejor arma para prevenir este tipo de transmisión.
El contagio por vía sexual es en estos momentos la primera causa de transmisión tanto en los países desarrollados como en el Tercer Mundo, donde la enfermedad ha adquirido tintes de epidemia apocalíptica.
En la actualidad, la vía rectal entre homosexuales ya no es la causa principal de contagio como ocurría en los años 80. Actualmente, el mayor número de casos se da por contacto heterosexual por vía vaginal. La consecuencia está clara, todos somos población de riesgo, sobre todo si, como hemos dicho, un sujeto puede estar infectado y no saberlo durante largo tiempo. En este período se convierte en una importante fuente de transmisión si, por ignorancia, no toma precauciones.

Transmisión madre-hijo    
También denominada transmisión vertical, porque se produce durante el embarazo o gestación. Durante este período, la sangre de la madre infectada puede llegar a contactar con la del feto y transmitir el virus. Sin embargo, en general, la placenta actúa como un filtro eficaz y la mayoría de los contagios de este tipo se producen justo en el momento del parto. Es precisamente durante la fase expulsiva del mismo, es decir, cuando el recién nacido sale al exterior, en el momento en que existe un mayor riesgo de contacto de líquidos corporales, incluida la sangre, entre madre e hijo.
En la actualidad, el tratamiento materno durante los meses previos al parto disminuye muchísimo el riesgo de contagio al recién nacido. Sin embargo, en países pobres, donde no existen fármacos a disposición de la población, esta vía de contagio es muy importante y provoca gran mortalidad infantil.

¿Qué debo hacer si sospecho que puedo haberme contagiado?

La respuesta es fácil: debe evitar la angustia de la incertidumbre y hacerse un sencillo análisis que confirmará o descartará la infección. El análisis empleado en la detección sistemática o 'screening' del sida está a su alcance a través de su médico de cabecera y los resultados no tardarán demasiado tiempo en estar a su disposición.
En la actualidad, este análisis se realiza con una muestra de sangre del paciente. De ella se extrae el suero (por eso el análisis se llama serología), un líquido amarillento y denso que contiene todos las proteínas que circulan en la sangre.
La serología del sida no hace más que buscar la presencia de anticuerpos específicos contra el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) en la sangre del sujeto. Cuando el resultado del primer análisis que se realiza en la consulta es positivo, se recurre siempre a un segundo análisis de confirmación del resultado. Es algo similar al contra-análisis que se realiza a los deportistas en caso de 'doping'.
Este segundo test es más sensible y sofisticado que el primero y su positividad hace definitivo el diagnóstico de infección por el VIH. Una vez que se recibe este resultado es aconsejable que el paciente se ponga en contacto con un especialista para planificar los pasos a seguir a partir de ese momento.
En un país como el nuestro con un excelente sistema sanitario público, el acceso a un especialista médico en el manejo y tratamiento de pacientes infectado por el VIH es relativamente fácil. Su médico de familia le pondrá en contacto con él. En la mayoría de hospitales de la red sanitaria pública existe una unidad para el manejo de esta enfermedad y, de no ser así, le pondrán en contacto con la más cercana.
A pesar de que el tratamiento y seguimiento de la infección VIH es todavía muy caro y sofisticado, nuestro sistema de salud garantiza un manejo acorde con las evidencias científicas más avanzadas de forma gratuita. Por eso, si es usted seropositivo no dude en contactar rápidamente con su médico. Los beneficios de un buen manejo de la enfermedad, incluso desde sus fases más tempranas, son incuestionables y está demostrado que el abandono y la táctica del avestruz, que intenta no asumir la realidad, conducen invariablemente a la muerte.

¿Qué me va a pasar?

El VIH o virus del sida se caracteriza por su lenta progresión. Esto quiere decir que actúa tremendamente despacio hasta conseguir ponernos enfermos.
Cuando nos contagiamos por primera vez, se produce un cuadro clínico muy poco específico, parecido a una gripe común. Podemos sufrir fiebre, malestar general, dolores musculares y en general unos síntomas muy similares a los del popular 'trancazo', que desaparece espontáneamente en unos días.
Pero el mal ya esta hecho, el virus ha penetrado en nuestro organismo e irá minando poco a poco nuestro sistema de defensas contra las infecciones. Este ataque del VIH se produce a lo largo de meses, o incluso años, y durante este período somos capaces de llevar una vida totalmente normal sin notar ningún síntoma.
Sin embargo, llega un momento en que nuestras defensas han disminuido tanto que empezamos a no ser capaces de enfrentarnos a infecciones u otros procesos, que serían poco importantes para sujetos sanos.
El tiempo que tarda el virus en conseguir que nos pongamos enfermos es muy variable, y puede oscilar desde los pocos meses hasta años, aunque la media está en torno a los tres o cuatro años.

LLega la enfermedad
A partir de ese momento, las patologías que el paciente desarrolla van en función del grado de deterioro de sus defensas. Inicialmente, aparecen lesiones cutáneas como dermatitis seborreica, inapetencia, pérdida de peso o diarrea. Incluso algunas infecciones que puedan estar dormidas o controladas por las defensas del paciente pueden reaparecer. Es el caso de la tuberculosis, una de las primeras infecciones que desarrollan muchos pacientes.
Si la enfermedad avanza porque el paciente no recibe tratamiento contra el virus, empiezan a aparecer las primeras infecciones: neumonías por agentes poco frecuentes, gastrointestinales que producen diarrea crónica y mayor pérdida de peso y, en general, un comportamiento mucho más agresivo de las infecciones más habituales entre la población general.
Si disminuyen aún más las defensas del sujeto (algo que puede medirse contando el número de leucocitos de defensa o leucocitos CD4 en la sangre del paciente), los problemas infecciosos se hacen cada vez más difíciles de controlar y el paciente comienza a padecer más de una infección a la vez.
La muerte llega por una de estas infecciones o por la aparición de tumores, como el sarcoma de Kaposi o los linfomas, que también aparecen con mayor frecuencia en los sujetos que padecen sida. Otras veces, el cuadro que conduce a la muerte es una desnutrición extrema con pérdida de peso muy severa producida por la concurrencia de varias infecciones a la vez o por las del tubo digestivo, que producen diarreas severísimas imposibles de tratar.

No todo está perdido
Pero no se preocupe, si usted vive en España tendrá acceso a tratamiento gratuito y, como explicaremos más adelante, no le pasará nada de esto. Lo que acabamos de describir es lo que les ocurría a los sujetos con sida antes de que se descubrieran fármacos capaces de controlar el virus y lo que desgraciadamente les pasa a los pacientes de países pobres donde no existe acceso a esta medicación.
En estos momentos el sida puede controlarse con fármacos que han cambiado totalmente el curso de la enfermedad. Un sujeto infectado que recibe un tratamiento correcto es capaz de mantener sus defensas suficientemente sanas como para no presentar ninguno de los problemas e infecciones que acabamos de describir.
Otra cosa es que con los nuevos fármacos, los pacientes viven más y llegan a desarrollar otras enfermedades que no existían cuando morían por infecciones incontrolables. 

¿Qué diferencia hay entre ser sero-positivo y tener el sida?

Las diferencias entre estos dos conceptos son grandes o pequeñas en función del enfoque que se haga en cada caso.
Como hemos dicho anteriormente, el sida es una enfermedad infecciosa producida cuando el Virus de la Inmunodeficiencia Humana penetra al interior del organismo humano. Este patógeno circula por el torrente sanguíneo y se distribuye por todo el cuerpo, sobre todo en zonas como los ganglios linfáticos, donde viven los leucocitos o células defensivas del cuerpo.
Cuando el virus entra en el organismo, nuestro sistema de defensas producen anticuerpos que atacan al virus, aunque sin éxito. Este tipo de anticuerpos que producimos contra el VIH son proteínas totalmente específicas es decir, sólo aparecen cuando en nuestra sangre existen virus de este tipo.
Los actuales métodos de laboratorio son capaces de medir la existencia de estos anticuerpos en la sangre de un paciente. El sistema por el que se hace este análisis fue desarrollado cuando se realizaron las primeras investigaciones sobre el sida (a finales de los años 80) y desde entonces disponemos de un método de laboratorio relativamente barato, sencillo y fiable para medir los anticuerpos anti-VIH en la sangre de cualquier sujeto.
Las personas cuya sangre nunca ha estado en contacto con el VIH no muestran estos anticuerpos en la sangre, es decir son seronegativos. Sin embargo, en el suero (una parte de la sangre que contiene las proteínas circulantes) de todos los infectados por el VIH sí es posible identificar estos anticuerpos.
Cuando el análisis del suero de un sujeto muestra la existencia de anticuerpos específicos contra el VIH se dice que esa persona es seropositiva. Esto quiere decir ni más ni menos que el individuo en cuestión ha estado en contacto con el virus del sida y, por tanto, está infectado.
En la actualidad cuando se quiere saber si alguien está o no infectado por el VIH se recurre a este tipo de análisis en busca de los anticuerpos específicos contra dicho virus.

 Dos palabras, un mismo resultado

Ahora bien, como hemos dicho antes, el VIH es un virus de acción lenta y convive con nosotros durante un largo período de meses o años sin producir ningún síntoma. Durante todo este tiempo la única manera de saber si una persona está o no infectada es precisamente su seropositividad, es decir el resultado de este análisis.
Con el tiempo, todos estos pacientes seropositivos, si no reciben tratamiento, terminarán desarrollando síntomas que acabarán inexorablemente en la muerte. Cuando un sujeto infectado por el VIH presenta infecciones u otros problemas relacionados con el virus, se dice que tiene sida.
Por lo tanto, todos los pacientes con sida son seropositivos y todos los sujetos seropositivos, si no reciben tratamiento contra el VIH, acabarán desarrollando el sida. Existe sin embargo un pequeñísimo grupo de sujetos que son seropositivos durante larguísimos períodos de tiempo (más de 10 años) sin llegar a desarrollar el sida; sin embargo, estos casos son tan raros que no conviene incluirlos en lo que es el comportamiento habitual de la infección por VIH.

¿Puede curarse el SIDA?

Depende un poco de a qué llamamos curar. Si quiere decir acabar con la enfermedad y no tener que volvernos a preocupar más por ella, puede decirse que el sida no se cura por el momento.
Una vez que hemos sido infectados, no existe ningún tipo de tratamiento que consiga eliminarlo de nuestro cuerpo o aniquilarlo por completo. Por tanto, los pacientes infectados deberán estar siempre pendientes de la enfermedad y sometidos a algún tipo de control o tratamiento.
Aunque pueda parecer descorazonador, el sida se está convirtiendo cada vez más en una enfermedad crónica, como la diabetes o la insuficiencia renal. En el fondo, es una buenísima noticia: hasta hace bien poco tener el sida era prácticamente una condena de muerte segura a la que sólo le faltaba la fecha de ejecución. La muerte llegaba antes o después en función, entre otras cosas, de la suerte a la hora de contraer infecciones y de la rapidez con que nuestras defensas fueran aniquiladas por el VIH.
Sin embargo, la espectacular inversión en investigación que se viene realizado desde hace más de una década, ha conseguido desarrollar fármacos eficaces contra la enfermedad a una velocidad desconocida hasta ahora en otras patologías.
En estos momentos, existe todo un arsenal de fármacos a disposición de los especialistas para combatir al virus. Aunque ninguno de ellos, por sí solo o combinado, es capaz de destruir al virus. Eso sí, consiguen frenar dramáticamente su multiplicación y, por tanto, su capacidad de hacernos daño.
Este control sobre las posibilidades de reproducción del VIH dentro del organismo consigue que nuestro sistema de defensas sobreviva durante mucho tiempo al ataque del virus. De esta forma, el paciente infectado no desarrolla todos los problemas de infecciones que antes conducían a la muerte.

 No todo es color de rosa 
Aunque cada vez son menos graves, muchos de estos fármacos tienen efectos secundarios o tóxicos que dificultan su manejo. Por tanto, los pacientes infectados necesitan ser controlados periódicamente y, en ocasiones, es preciso cambiar la combinación de fármacos de un paciente, por otra que tolere mejor, incluso aunque sea menos eficaz.
El otro problema, quizás aún más importante, del tratamiento contra el sida es la resistencia del virus. El VIH es tremendamente inteligente y se adapta a velocidades increíbles al entorno, gracias a su capacidad capacidad para mutar.
Cuando el virus se ve atacado bien por el medio ambiente -en este caso el organismo del propio enfermo dentro del cuál vive- o bien por un fármaco, es capaz de modificar sus propiedades biológicas para luchar contra las agresiones. Y esto se produce a través de mutaciones, es decir, cambios en sus genes que le proporcionan nuevos rasgos o propiedades que le permiten sobrevivir a las agresiones. A efectos prácticos, es como si el virus fuese capaz de ir fabricando corazas y blindajes cada vez más eficaces contra los ataques del exterior.
Pues bien, en esto de mutar, el VIH es un auténtico fenómeno. Su capacidad de mutación es muy superior a la del virus de la gripe, por ejemplo, que cambia casi cada año y que obliga a preparar nuevas vacunas cada vez que llega una nueva temporada invernal.
Esta capacidad de mutación del VIH permite que el virus pueda volverse rápidamente resistente a los medicamentos que usamos para atacarle. Su gran velocidad de adaptación obliga a los médicos a combinar varios fármacos a la vez y a estar muy atentos a la respuesta al tratamiento.
Por eso, el paciente que está recibiendo terapia contra el sida (antiretroviral) debe acudir periódicamente a la consulta de su médico. En cada visita se comprueba que el paciente tolera bien las medicinas y la eficacia de éstas. Se evalúa que la reproducción del virus está controlada y que las defensas del sujeto no han disminuido.
En resumen, aunque el sida no puede por ahora curarse, sí existen tratamientos que controlan eficazmente la progresión de la enfermedad. Los problemas actuales de un paciente que recibe tratamiento son la necesidad de acudir a controles médicos periódicos, como muchos otros pacientes crónicos, así como el peligro de desarrollar efectos tóxicos provocados por los fármacos o resistencias del virus.
El sida no es ya una enfermedad mortal por definición y se está convirtiendo a gran velocidad en un trastorno crónico. Sólo el futuro, esperemos que cercano, revelará si existe posibilidad de curarlo o incluso de eliminar su transmisión por medio de vacunas.

¿Puedo no tratarme?

 

Como hemos contestado en la pregunta ¿Puede curarse el sida?, la evolución de esta enfermedad es radicalmente distinta si se sigue una terapia o se opta por no tomar fármacos.
Hay que recordar que hasta hace tan sólo 15 años, no existía posibilidad de modificar el curso mortal de la enfermedad. Con la aparición de los primeros medicamentos antiretrovirales (el VIH es un virus de la familia de los retrovirus, de ahí este nombre) se vislumbró con esperanza la posibilidad de frenar el número incesante de muertos por sida, algunos de ellos celebridades de la época como Rock Hudson o Freddie Mercury el solista del grupo de rock Queen.
Sin embargo, en aquella época (finales de los 80), esta primera generación de medicamentos como el AZT o retrovir tenían gran toxicidad y obligaban a los pacientes a tomarlos con horarios muy estrictos, muchas veces al día y con pautas muy rígidas respecto a las comidas.
Había fármacos que debían tomarse con el estómago vacío, otros con el estómago lleno y algunos otros que obligaban a beber grandes cantidades de agua. A estos inconvenientes había que sumar el hecho de que, en general, debían ser tomados entre tres o cuatro veces al día y en grandes cantidades.
La situación más habitual de un paciente tratado hasta hace pocos años era la de tener que tomar entre 10 y más de 20 pastillas al día algo que dificultaba enormemente llevar una vida medianamente normal, sobre todo si añadimos la necesidad de combinar estas tomas con las distintas necesidades de ayuno o comida de cada fármaco e incluso algunos de ellos refrigerados. Se hacía casi imposible bajo aquellos regímenes draconianos, llevar una vida normal.
El tiempo que se dedicaba a decidir con el paciente si comenzaba o no tratamiento contra el virus era motivo de varias consultas. Tampoco era nada raro el que, con la aparición de los primeros efectos tóxicos (frecuentes por otra parte), el paciente decidiera abandonar la medicación y no volver a la consulta.
Por supuesto, el primer problema infeccioso relacionado con el sida que sufría ese paciente hacía que volviera de nuevo a su médico, esta vez con más posibilidades de adaptarse al tratamiento aunque con menores opciones de beneficiarse de él por estar en fases más avanzadas de la enfermedad.


El presente 
Afortunadamente, éste ya no es el caso. En los últimos años hemos asistido a una mejora espectacular del tratamiento del sida. Disponemos cada día de un número mayor de medicamentos eficaces, con lo que cada vez es más fácil conseguir que el virus no se haga resistente.
También son cada vez mejor tolerados, conocemos al detalle sus efectos tóxicos y la vigilancia para evitarlos es más detallada. Pero, para el paciente, son todavía más importantes las mejoras conseguidas en la presentación farmacológica de los nuevos y de los antiguos medicamentos. Las formulaciones actuales permiten tomar la mayor parte de estos tratamientos en dos tomas, o incluso una sola vez al día, lo que realmente permite que los pacientes lleven una vida normal.

 Los problemas

Sin embargo, no todo son buenas noticias. Algunos medicamentos contra el sida consiguen salvarnos la vida pero nos crean problemas que, indudablemente, la condicionan.
Por ejemplo, muchos de estos fármacos producen subidas importantes del colesterol y los triglicéridos en la sangre. Como es sabido, estos niveles elevados de grasa en la sangre aumentan claramente el riesgo de sufrir arterioesclerosis y otras enfermedades cardiovasculares como el infarto de miocardio o la trombosis cerebral. Ahora, cuando algunos pacientes con sida llevan hasta 10 años de tratamiento y están entrando en la cincuentena, nos es raro que sufran alguno de estos problemas cardiovasculares; y eso es sólo la punta del iceberg.
Los inhibidores de la proteasa, un grupo de medicamentos contra el sida espectacularmente eficaces, se asocian a problemas de distribución de la grasa corporal. Producen un trastorno conocido como lipodistrofia que elimina la grasa que poseemos normalmente en muchas partes del cuerpo. Los miembros se deforman y adquieren el aspecto de pertenecer a deportistas de elite, algo muy desagradable para muchas mujeres; también la cara se afila y pierde su aspecto natural. Aunque el problema es más estético que verdaderamente médico en comparación con lo que supone el sida, para los pacientes llega a ser tan preocupante como para tener que recurrir a procedimientos de cirugía estética.
Respecto a qué ocurre si no se sigue ningún tratamiento contra la enfermedad, la cosa está clara: el sida, aunque lentamente, mata irremediablemente al paciente en meses o años. La recomendación es por tanto obvia: hay que someterse a tratamiento aunque esto suponga el requerir controles médicos periódicos o la posibilidad de sufrir efectos tóxicos como consecuencia de los medicamentos.

¿Quién tiene riesgo de infectarse?

 

La respuesta a esta pregunta es muy fácil: todos. Tan sólo se trata de diferencias en las probabilidades de contraer esta terrible enfermedad. La transmisión del sida está generalmente asociada a una serie de comportamientos de riesgo que se pueden evitar o al menos reducir.
Indudablemente, un hijo nacido de una madre infectada tiene riesgo de contraer el sida durante el embarazo y sobre todo durante el parto. Como ya hemos dicho anteriormente, existen tratamientos para la madre que reducen enormemente la posibilidad de este contagio. Posteriormente, si el niño nace sin la infección, la madre deberá tomar con él las mismas precauciones que con el resto de su familia si exceptuamos el que no podrá amamantarle (el virus también se elimina por la leche materna) y deberá ser algo más cuidadosa dado el contacto íntimo madre-hijo durante los primeros años de vida.

 El sexo 



Como el sida es una enfermedad de transmisión fundamentalmente sexual, muy parecida en este sentido a la sífilis o a la gonococia, cualquier individuo activo sexualmente tiene riesgo de contraer la enfermedad. Existen unas prácticas sexuales con mayor riesgo de producir la infección y aquí es donde en estos momentos se sitúan nuestras mayores posibilidades de evitar o prevenir el contagio.
Sin embargo, el contacto sexual que podemos considerar más frecuente, el heterosexual por vía vaginal, es perfectamente capaz de propagar el virus si uno de los participantes está infectado. En esta situación tiene estadísticamente más riesgo de contagiarse la mujer con un hombre infectado que el varón de una mujer enferma. Sólo el preservativo o condón es capaz de evitar eficazmente el contagio siempre que no se rompa durante la actividad sexual.
También a través del sexo oral es posible contraer la enfermedad. Recordemos que el virus está presente en el semen y secreciones vaginales de los pacientes y que la existencia de pequeñas erosiones en la boca o labios permitirían la entrada del virus al torrente sanguíneo del sujeto sano. La eliminación del virus por la saliva es más escasa y, por tanto, la posibilidad de transmisión a través del beso es prácticamente nula.
La penetración anal, tanto de hombre a hombre como de hombre a mujer, tiene más riesgos que la vaginal. La posibilidad de que se produzcan erosiones o pequeñas heridas en la piel o mucosas es mayor durante este tipo de penetraciones. También el preservativo evita este tipo de contagio, si bien es necesario recurrir a formatos más resistentes para evitar su rotura durante este tipo de actividad.

 La sangre y el hogar

El contacto directo entre la sangre de un enfermo y una persona sana es otra vía de contagio. En el ambiente hospitalario esta posibilidad es prácticamente nula dados los estrictos controles existentes en la actualidad, la esterilización de todos los materiales y el análisis sistemático de todas las trasfusiones.
Sin embargo, en el entorno doméstico sí es necesario tomar una serie de precauciones. Un cepillo de dientes compartido o una cuchilla de afeitar reutilizada pueden ser portadores de restos de sangre del enfermo que entre en contacto con la nuestra mediante un corte al afeitarnos o una herida en las encías.
A pesar del miedo razonable ante la posibilidad de contagio, hay que huir de comportamientos obsesivos. El contagio es difícil si tomamos precauciones razonables como no embarcarnos en relaciones sexuales esporádicas sin utilizar preservativo y mantener unas normas básicas de utensilios no compartidos en el hogar. Todas estas pautas de prevención serán desarrolladas con más detalles en próximos especiales.

¿Puede pasarle algo a mis hijos?

La posibilidad de que un niño nacido de padres infectados por el VIH adquiera la enfermedad es indudablemente real.
El contacto sexual entre un varón infectado y una mujer sana puede contagiar la enfermedad a la madre del futuro niño. Por el contrario, la mujer infectada puede trasmitir la enfermedad al padre sano y, por supuesto, al hijo que nazca de la relación entre ambos.
Sólo el preservativo puede evitar el contagio de la pareja sana pero claro, con preservativo es imposible la fecundación de un nuevo ser. En la actualidad están disponibles técnicas de lavado de semen que consiguen eliminar con gran eficacia los virus que puedan estar presentes en este líquido corporal. Cuando la madre no está infectada, esta técnica de lavado del semen seguida de un procedimiento de inseminación artificial puede conseguir hijos sanos y al mismo tiempo evitar el contagio de la madre.
Aunque la garantía, como casi todo en medicina, no alcanza el 100% de los casos, esta técnica combinada ha permitido a muchos pacientes ser padres sin jugar a la ruleta rusa que supone la relación sexual sin protección con fines reproductivos.


Inseminación
Cuando la madre es la infectada y el padre está sano, también hay que recurrir a la inseminación para evitar el contagio del padre. Sin embargo, este planteamiento no es suficiente para evitar el contagio del niño.
Como ya hemos dicho, la madre es capaz de contagiar al feto durante el embarazo cuando falla la función de filtro que ejerce la placenta. Este riesgo de contagio se hace máximo durante el momento del parto en el que aumentan las posibilidades de que la sangre o las secreciones de la madre infectada lleguen al torrente sanguíneo del recién nacido.
En la actualidad, existen pautas de tratamiento con fármacos que la madre puede seguir durante el embarazo y justo antes del parto. Estos medicamentos antiretrovirales, adecuadamente combinados y dosificados, son capaces de reducir drásticamente las posibilidades de infección del niño. Aunque los resultados no están tampoco garantizados, el riesgo es pequeño.
Existe además la probabilidad de que el recién nacido sea capaz de eliminar el virus en los primeros meses de vida sin llegar a desarrollar la enfermedad, sobre todo ayudado de fármacos.

 Tras el parto

Durante los meses siguientes al nacimiento, el contacto entre madre e hijo es máximo. La madre infectada no podrá amamantar a su bebe por el riesgo de transmisión del virus a través de la leche o de alguna herida en la zona del pezón o la boca del bebé.
Salvando estas circunstancias, el riesgo para un hijo que convive con uno o los dos padres infectados por el VIH, es relativamente pequeño. Las normas de convivencia con pacientes seropositivos obligan a determinadas precauciones para evitar contactos con la sangre del paciente.
Habrá que tener aparte objetos como cepillos de dientes o cuchillas de afeitar y tener especial cuidado al limpiar cualquier resto sanguíneo del paciente tras un accidente doméstico como un corte o una hemorragia nasal.
Sin embargo, sí pueden compartirse cubiertos o toallas y cualquier otro utensilio que no entre en contacto directo con la sangre.
Ni qué decir tiene que el beso, algo que define a la relación entre padres e hijos, si puede formar parte de nuestras relaciones. No existe riesgo de contagio por besar a un hijo ni tampoco por acariciarle o abrazarle o respirar cerca de él. 

¿Debo decir que tengo sida?

 

Esta pregunta es quizás poco apropiada para ser respondida por un médico a secas. Sin embargo, la experiencia con muchos pacientes a lo largo de años nos permite dar unos consejos útiles en este sentido.
La primera pregunta no debe ser si debo o no decir que tengo sida sino a quién debo decírselo. No somos partidarios de aconsejar a los pacientes que comuniquen esta información a todo su entorno, y menos al principio.
En general, no decimos a los compañeros de trabajo, de barrio o amigos no íntimos que estamos enfermos de tal o cual cosa con grandes detalles. El sida es además una enfermedad con tan mala prensa que todavía confiere al paciente que la sufre la condición poco menos que de apestado de la sociedad.
Los conceptos están cambiando muy rápidamente y cada vez se considera más el sida como un problema que le puede ocurrir a cualquiera. De hecho, muchas de las campañas publicitarias de información realizadas por un gran número de instituciones han sido enfocadas en este sentido. También existe cada vez más cultura sobre esta enfermedad entre la población general -algo a lo que pensamos contribuir desde este Web-.
A pesar de todo y desgraciadamente, el sida sigue siendo considerado un estigma social y el miedo a la enfermedad es todavía demasiado alto como para que, en general, se permita a un afectado convivir relajadamente con un entorno que conozca su situación.

Consejos
Nuestra primera recomendación es que antes de dar a conocer su problema dedique un tiempo de reflexión a decidir a quién hace partícipe de su situación.
Elija personas que le sean necesarias en el manejo de su nueva situación personal y descarte aquellos que no se van a ver afectados por su condición de enfermo o que no vayan a implicarse directamente en ayudarle a enfrentarse a esta nueva circunstancia.
Lo mejor es elegir un confidente inicial que ayude a mantener la perspectiva necesaria en los primeros momentos. Cuando un sujeto conoce por primera vez su condición de seropositivo necesita indudablemente apoyarse en alguien con quien compartir esta nueva situación. Es quizás un momento crucial en el que todo un torbellino de ideas pasa por la cabeza y nos desorienta haciendo difícil la toma de decisiones.
Ya llegará el momento de normalizar nuestra actitud vital y podremos entonces decidir con mayor serenidad otras personas cercanas a las que hacer partícipes de nuestra situación. Indudablemente, es recomendable que, de tenerla, nuestra pareja sexual estable sea partícipe de esta información. Es necesario que también se someta al análisis de seropositividad para saber si está o no infectada y prevenir el contagio.
La condición de infectado debe modificar nuestras prácticas sexuales que han de realizarse con preservativo y el resto de precauciones necesarias incluso cuando nuestra pareja sexual esté también infectada. El virus que cada paciente transporta en la sangre no es idéntico al de cualquier otro sujeto infectado: tiene un comportamiento diferente ante los medicamentos con resistencias también distintas. Por tanto, la entrada de un nuevo VIH en un sujeto ya infectado puede empeorar claramente su situación.
Para acabar de contestar a esta pregunta queremos aconsejarle que limite mucho esta información, sobre todo al principio, cuando las ideas personales todavía no están del todo claras. Sin embargo, también queremos animarle a que confíe en al menos una persona cercana que le apoye durante este duro período. Por último, independientemente de su organización sentimental o familiar, debe ser responsable a la hora de mantener relaciones sexuales y justo con su o sus parejas sexuales anteriores dándoles la oportunidad de acceder a tiempo a un análisis que les confirme o descarte su seropositividad para poder beneficiarse del tratamiento precoz de esta enfermedad.
Hay muchos grupos y asociaciones de pacientes que indudablemente podrán ayudarle en este duro trance. No dude en preguntarle a su médico o responsable sanitario por la forma de contactar con las mejores o las más accesibles para usted: pueden serle de mucha ayuda.

 
 


 


 

 




 

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