jueves, 9 de agosto de 2012

¿Eres capaz de mirarte en el espejo?




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¿O eres de esas personas que no son capaces de mirarse fijamente a los ojos en un espejo?
Aún más difícil…
¿Eres capaz de mirarte fijamente a los ojos después de haber hecho algo de lo que tu conciencia te acusa?
¿Eres de las que no se atreven a ver su desnudez en el espejo?
Hay un ejercicio que se practica para que las personas que tienen la Autoestima baja empiecen a aceptarse: verse en un espejo poco a poco, empezando por las manos; poner las manos frente al espejo, quedándose uno a un lado para no reflejarse, y mirarlas mientras toma consciencia de que son suyas, de que son él o ella, y las observa notando cómo han cambiado desde que era un bebé, y siente cómo le han acompañado durante toda su vida, y cuántas cosas han cogido o cuántas veces han acariciado.
Poco a poco se va ampliando la zona del cuerpo que se va reflejando y se utiliza la misma técnica de reconocimiento de que forman parte de uno.
Lo último son los ojos, que es lo más difícil.
Cuando miras tus ojos no miras otra parte más de tu cuerpo, ya que esta parte te devuelve la mirada –una mirada que casi siempre cuesta reconocer como propia-.
Y si esa mirada la haces con consciencia, a conciencia, te resultará inevitable añadir un comentario o un juicio a la imagen que estás viendo. Cuidado con eso.
Pero yo me refiero a una mirada que vea más allá de fijarse en el peinado, en el afeitado, o en la raya bien pintada.
Una mirada atenta, observadora, plena. Si uno dice: “este, o esta, soy yo”, siempre aparece, lo primero, una reacción de sorpresa: ¿Así soy yo?, ¿Los otros me ven todos los días, y esto es lo que ven?
Habitualmente cuesta asumir el paso de los años, la inevitabilidad de la acumulación de pasado, los años que ya no tenemos porque los hemos consumido, el acercamiento a la certeza de que en algún momento seremos como los ancianos que vemos –si no lo somos ya-, y asumir con más o menos resignación que la muerte va a ser un asunto innegociable.
Una mirada atenta en el espejo es una prueba dura, y más aún si es en una situación especialmente complicada.
Repito: ¿Eres capaz de mirarte fijamente a los ojos después de haber hecho algo de lo que tu conciencia te acusa?
Ahí se provoca un enfrentamiento personal de una tensión casi insoportable. Si uno es digno, si es íntegro consigo mismo, si tiene la honradez y bonhomía como principios, le va a costar mantener la mirada de quien por un momento deja de ser un reflejo para pasar a ser un juez incorruptible e insobornable.
Parece que es más fácil eludir la acusación de la conciencia si uno no se mira en un espejo.
El monólogo interior se puede distraer de muchas maneras, pero esa mirada de cristal de quien está reflejado, esa mirada que no admite excusas ni justificaciones injustificables, que exige rectitud, moralidad, integridad, ser intachable… esa mirada no se acalla fácilmente.
Esa mirada se queda grabada en la conciencia y es un Dios Padre pidiendo cuentas, para unos, y el diablo hostigando, para otros.
Lo correcto sería tener el alma en paz y mirarse en el espejo con alegría y satisfacción, pero como no siempre sucede así, conviene tener preparada una solución para estos casos.
La solución se llama aceptación.
También se puede llamar comprensión, o perdón y vuelta a empezar.
Nos va a pasar más de una vez y es conveniente no caer en una espiral de auto-reproches, de pérdida de Autoestima, de enemistad y desprecio, o de un conflicto duradero en el que costará mucho tiempo y trabajo llegar a una tregua.
Esto es un derroche imperdonable de tiempo y energía.
El protocolo para estos casos ha de estar claramente diseñando y definido, y nada más darse cuenta uno de que ha hecho algo que no debería haber hecho según sus normas morales o éticas, tiene que activarlo.
Cada uno, que es quien mejor se conoce o se debiera conocer, diseñará el propio, el adecuado.
Como idea básica, podría servir uno parecido a lo que sigue a continuación.
El primer paso ya está dado: El Yo Observador se ha dado cuenta de lo sucedido.
El segundo paso: el Yo Ideal, o tal vez la conciencia, expresan el juicio de que no ha estado bien.
El tercero: El Yo Ideal, o quizás la conciencia, reprochan y en muchas ocasiones añaden una propuesta de castigo -que hay que rechazar-, y pretenden emitir sentencia de culpabilidad.
Ahí debiera aparecer una nota interior de reconocimiento inmediato de lo que no estuvo bien; uno se responsabiliza de su autoría, es consciente del daño o molestias que ha podido causar, se arrepiente, y reitera su interés en que no vuelva a suceder, pero ahí es donde tiene que terminar.
Es bueno olvidarlo lo antes posible, pero no por no darle importancia, sino por saber claramente que seguir dándole vueltas al mismo asunto no va a aportar nada bueno, sino exactamente lo contrario.
De acuerdo: no estuvo bien. Haré todo lo posible para que no vuelva a suceder; estaré más atento puesto que ahora ya sé que no es lo que yo quiero y no tengo excusas…
Me llevaré bien conmigo inmediatamente, porque esta relación mía-conmigo interna es lo que voy a reflejar al exterior, y quiero contribuir con mi buen estado de ánimo a un mundo de personas que saben que la vida es un continuo aprendizaje, que aún no somos perfectos, que caer es el principio de levantarse, y que comprenderse y aceptarse es realmente una demostración de amor propio.

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